La obra de Carlos Marx y Federico Engels frente al siglo XXI
es el texto de la Ponencia que el miembro de la RED VASCA ROJA Iñaki Gil de San Vicente va a presentar en el evento que tendrá lugar en Cuba los días 5 a 8 de mayo de 2003 bajo el título LA OBRA DE CARLOS MARX Y LOS DESAFÍOS DEL SIGLO XXI.
¿Por qué vuelve a estar de actualidad la obra marxista cuando, según la propaganda burguesa, la evolución y el presente del mundo la contradicen totalmente? Transcurridos 120 años de la muerte de Marx, y 108 de la de Engels --un revolucionario al que se le vuelven a reconocer sus grandes méritos en muchas cosas, incluida la filosofía de la ciencia--, la obra común de ambos amigos aparece hoy como el núcleo básico de la crítica radical del capitalismo realmente existente. Desde la mitad de la década de los ’90 el siglo XX asistimos a una nueva oleada, onda o fase –que no ciclo-- de lucha de clases, de lucha del Trabajo contra el Capital, lucha que tiene su razón directa e inmediata en el terrible empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo de las masas, y su razón mediata en que, como veremos, la contraofensiva capitalista lanzada desde la década de los ’70, y en algunos sitios antes, este devastador ataque que con el paso del tiempo se le conocería como neoliberalismo no ha logrado plena y definitivamente la totalidad de los objetivos designados en su momento. Aunque las derrotas del Trabajo han sido enormes y estremecedoras en muchos casos, a escala planetaria no ha sido estratégica ni definitiva. Incluso, como veremos, la implosión de la URSS y de su bloque, la victoria más espectacular del capitalismo, ha sido debida antes al pudrimiento de las contradicciones internas que la minaban desde la mitad de la década de los ’20 que a la estricta y exclusiva presión agotadora del imperialismo, acentuada desde la "era Reagan".
Conforme la URSS aceleraba su agotamiento durante los ’70 y se endurecía la contraofensiva capitalista, a lo largo de estos años iban entrando en crisis las sucesivas modas intelectuales que habían pretendido ocupar el sitio del marxismo crítico y del stalinismo. Recordemos el auge y la caída del estructuralismo y del eurocomunismo para finales de los ’80; recordemos cómo el bloque de ideas faucaultianas y similares derivaban hacia el postestructuralismo; recordemos que para ocupar su lugar surgió el postmodernismo que pareció que iba a comerse el mundo intelectual, y que el marxismo analítico y la "teoría crítica" habermasiana, gozaron de un corto fulgor que se apagó bien pronto, nada más reaparecer la lucha de clases. El reformismo blando de la socialdemocracia no sirvió para nada pese a su "tercera vía" y los sucesivos esfuerzos postkeynesianos. Por su parte, los diversos anarquismos volvieron a mostrar sus limitaciones intrínsecas ante la avalancha de acontecimientos. Tampoco olvidemos que esta proliferación de modas intelectuales no impidió que algunas de sus figuras señeras terminaran apoyando abiertamente a la burguesía, mientras que otras muchas se apartaban de la vida pública.
Semejante fracaso práctico de dichas modas –bastantes de las cuales hicieron aportaciones parciales válidas y positivas-- se hizo definitivamente patente cuando, por un lado, era ya manifiesta la oleada de luchas a la que nos hemos referido arriba, dejando así un gran espacio libre para la vuelta del marxismo critico; y, por otro lado, cuando también se hundía la legitimidad ideológica de la contraofensiva burguesa que se había sustentando primero en el neoliberalismo y después en el conglomerado formado por mitos como el de la "nueva economía", "economía de lo inmaterial", etc., crisis manifiesta a finales de los ’90 y total en la actualidad. Así que el marxismo, que parecía un corcho a la deriva o un muerto flotante, surgió en la mitad del temporal mundial como la única salvación para muchas personas, colectivos y organizaciones que se preguntan sobre cómo vencer al monstruo capitalista.
Ahora bien, si en la actualidad quiere servir de algo la obra conjunta de Marx y Engels antes ha de responder exitosamente a tres interrogantes prioritarias e inexcusables: Una, ¿cuál es el secreto y el misterio de su efectividad? Otra, ¿sirve para explicar los límites y las contradicciones de las experiencias socialistas conocidas a partir del siglo XX o debe recurrir a componentes de la ideología burguesa para lograrlo? Y última, ¿sirve para explicar los límites y las contradicciones del capitalismo contemporáneo, o también debe recurrir a la ideología burguesa? De una u otra forma, las restantes preguntas que podamos hacernos dependen y/o están relacionadas con estas tres, sobre todo con la primera. Es obvio que me resulta imposible explayarme en una respuesta algo extensa a cada una de las tres interrogantes, teniendo en cuenta el poco tiempo disponible, así que seré muy breve en la primera y segunda, y algo más extenso en la tercera. De cualquier modo, insisto en que debemos partir de una visión dialéctica que integre las tres, y las restantes, en una totalidad explicativa superior que aquí no se puede exponer, y que espero surja como síntesis en el debate colectivo ulterior.
En la primera cuestión, el secreto y el misterio del marxismo tal cual lo dejaron in nuce Marx y Engels estriba en su impresionante capacidad de, primero, realizar una integración crítica de lo mejor del pensamiento occidental entonces existente; y de, segundo, y fundamentalmente, su capacidad de síntesis cualitativa superior, de crear algo nuevo, una totalidad nueva pero a la vez integradora de las aportaciones valiosas analizadas críticamente en la fase anterior e inicial del proceso creativo. Estamos ante el ejemplo más brillante del desarrollo de la facultad de emergencia de algo nuevo a partir de la previa acumulación de componentes viejos hasta llegar a un momento o punto crítico de no retorno, de aparición de lo nuevo a partir de varios componentes viejos. Eso nuevo es el materialismo histórico y su malla interna vertebradora es la dialéctica materialista. Cronológicamente, ese momento de salto a lo nuevo en su sentido pleno empieza a darse a comienzos de la década de los ’60 del siglo XIX y no se detiene hasta la muerte de Marx y, a otro nivel, de Engels.
Inicialmente, el marxismo aprendió, en primer lugar y antes que nada de la lucha de clases real, práctica, de las huelgas y de los conflictos sociales que estaban endureciéndose desde el último tercio del siglo XIX en Reino Unido y posteriormente en todo Europa. De entre todas las enseñanzas destaca la importancia dada a la autoorganizacion del Trabajo como requisito esencial tanto para su toma de conciencia como para la lucha de clases y el avance en sus conquistas sociales.
En segundo lugar, sobre esta base material y a la vez moral, aprendió del estudio critico de la dialéctica hegeliana y del grueso de la filosofía alemana, la más desarrollada de su época, pero sin olvidarse de los clásicos griegos y de los principales filósofos burgueses. En este campo, además de la importancia clave de la dialéctica materialista, destaca también la importancia no menos clave de la alienación y, por tanto, de la desalienación.
En tercer lugar y con unos efectos globales que no han sido valorados en todas sus lecciones, aprendió de la práctica política crudamente revolucionaria, violenta y armada, también de la clandestina y semiclandestinidad mantenida durante largos años y de los exilios sufridos en diferentes momentos. Durante este período tan largo y decisivo, la lección básica que desde entonces siempre ha caracterizado al marxismo consiste en la importancia decisoria de la praxis, de la coherencia ético-política y de su papel crucial en el proceso de valoración y validación de la teoría, o sea, del papel epistemológico y axiológico del criterio de la práctica.
En cuarto lugar, apoyándose en esta experiencia vital que cala hondo en las personalidades sinceramente revolucionarias, la obra de Marx y Engels aprendió del estudio del socialismo político francés, el más desarrollado de su época, pero extendiéndose prácticamente a la totalidad de la teoría política entonces existente incluido el socialismo utópico en todas sus ramas y variantes. De este modo el marxismo absorbió lo mejor del pensamiento crítico antiburgués tal cual surgió en los momentos del más salvaje y brutal capitalismo, lo que es de suma oportunidad en estos momentos.
En quinto lugar, aprendió del estudio sistemático de la economía política inglesa, la más desarrollada de su época, estudio que ya venia previamente enriquecido y seleccionado subjetivamente por la experiencia ético-política revolucionaria objetiva. Muy en síntesis, lo básico de este campo es la teoría de la plusvalía; la ley del valor-trabajo; la ley de caída tendencial de la tasa de beneficio y la diferencia entre valor de uso y valor, diferencia que confirma la historicidad del modo de producción capitalista y, por tanto, la posibilidad de construcción de otra sociedad no basada en el valor y en la mercancía, sino en el valor de uso.
En sexto lugar, aprendió del estudio analítico de las grandes masas de estadísticas, estudios e investigaciones oficiales del parlamento, de los gobiernos británicos y de multitud de medios y empresas privadas sobre la realidad social del capitalismo más desarrollado del momento. De esta faceta, el marxismo ha aprendido la importancia central, científica, de la prioridad del análisis concreto de la realidad concreta, en vez de la divagación abstracta sobre generalidades metafisicas.
En séptimo y ultimo lugar, conforme enriquecían el método en su madurez, ambos amigos estudiaron los avances más recientes de la etnografía e historia no occidentales del momento. Como resultado, profundizaron mucho en la opresión nacional, en la complejidad dialéctica y no mecánica ni lineal del transito al socialismo, la complejidad de la evolución histórica, el alejamiento del eurocentrismo y, en síntesis, la insistencia en que el marxismo no es una filosofía de la historia.
Simultáneamente, el marxismo en formación permanente siguió muy de cerca los avances científicos de todo signo; del mismo modo defendió lo más radical del feminismo obrero y popular, como la obra de Flora Tristán; también siguió las cada vez más alarmantes noticias acerca de las primeras consecuencias de la intervención humana y del capitalismo contra la Naturaleza. De estas y otras muchas cosas ambos amigos dejaron abundantes y voluminosos apuntes, algunos de los cuales se han publicado muy recientemente y otros siguen sin conocerse. Por ejemplo, sabemos que Marx aun habiendo ideado un plan de seis libros sobre El Capital, solamente pudo editar personalmente el primero, y Engels los dos siguientes, quedando otros tres sin empezar. Además, cuestiones fundamentales como la ética, la estética, la psicología, la pedagogía, etcétera, emergen en sus obras como puntas que sobresalen por encima de la mar, porque en la realidad están macizamente presentes en el interior de las obras, bajo su línea de flotación, como los icebergs.
El secreto de la obra de Marx y Engels no es otro que su capacidad de, primero, superar analíticamente a cada una de las corrientes vistas tomadas por separado, y, después, sintetizar todas las aportaciones en un método sistemático y totalizante que es mucho más que la simple mezcla ecléctica de sus componentes. De este modo, no solamente se integra lo mejor del pensamiento sino que se crea algo nuevo que abre unas posibilidades impresionantes de desarrollos concretos. Esta dialéctica entre, por un lado, centralidad y lógica interna coherente y, por otro lado, capacidad de apertura a todos los problemas, estudiándolos en su concreción y a la vez integrándolos en su método, es la que explica el secreto del marxismo para superar a todas las variantes de la ideología burguesas y a todas las sucesivas modas intelectuales. Más todavía, no se trata de simple capacidad de apertura a todos los problemas, como si fuera una mera cuestión de voluntad o capricho intelectualista de un sujeto curioso, sino de una necesidad profunda inserta en el método mismo, una necesidad de investigación de la realidad que viene exigida en el proceso material y espiritual de existencia humana.
Ahora bien, esta efectividad del marxismo le supone por pura dialéctica la coexistencia de determinados riesgos que no puedo analizar ahora porque seria salirme del tema. Sin embargo, sí necesito citar dos por su importancia explicativa para el objetivo de esta ponencia. Uno de los problemas del marxismo surge precisamente del interior del secreto de su efectividad teórica. Como se trata de un método de transformación de la realidad que exige una considerable seriedad y rigor escrupuloso en el estudio de las contradicciones concretas, por ello mismo y por un lado, resulta relativamente difícil su dominio en comparación a la simpleza de la ideología burguesa y al parloteo fácil de las superficiales modas intelectuales, y, por otro lado, esto abre la puerta a la falsa solución de las vulgarizaciones, resúmenes, síntesis, breviarios, introducciones, etc.; solución falsa que sin embargo ha sido muy frecuente y cuyos resultados han sido justo lo opuesto de los buscados en la inmensa mayoría de los casos.
Si dejamos de lado la experiencia del socialismo utópico y nos centramos en la de los socialismos que más relación han tenido con la obra de Marx y Engels --socialdemocracia, stalinismo y eurocomunismo-- vemos cómo en los tres casos la vulgarización y empobrecimiento teórico del marxismo, sobre todo su contenido dialéctico, han ido unidos a su burocratización y reformismo. En los tres casos, y en sus variantes, el marxismo originario concluyó siendo un perfecto desconocido y, lo que es peor, un enemigo a batir, una peligrosa referencia práctica que había que ocultar o desnaturalizar. Peor, en los tres casos, la vulgarización del marxismo ha sido el primer paso para ulteriores y hasta simultaneas medidas en contra de la democracia interna, de la democracia socialista, del funcionamiento horizontal y asambleario dentro de las organizaciones populares, obreras, socialistas, etc., por no hablar de la represión pura y dura en algunos casos.
La dogmatización de un marxismo muy desconocido y muy tergiversado, y la degeneración política de los proyectos socialistas iniciales, ha dado alas en estos y otros casos para que, por el centro y por la derecha, surgieran diferentes "alternativas", "adecuaciones", "interpretaciones", etc. Esta proliferación es normal y creciente por la simple dinámica de producción intelectualista en una sociedad burguesa que va integrado cada vez más la producción ideológica en la producción de beneficios, y la ciencia en el capital constante. Pero además de esto, también hay que tener en cuenta la especificidad única del marxismo y su lógica dificultad para una fácil y rápida apropiación teórica, algo en lo que Marx y Engels advirtieron más de una vez. Resultado de todo ello, vivos aún ambos amigos tuvieron que hacer frente a diversas "interpretaciones" de su método que no hacia sino licuarlo y debilitar su potencial transformador.
Llegamos así al segundo problema del marxismo que nace dialécticamente de su propia fuerza, necesario para comprender el desarrollo posterior. La amplitud de las expectativas potenciales de desarrollo teórico concreto que ofrece el método marxista, por su misma contenido de totalidad, permite que cualquiera pueda desarrollar su especifica investigación particular, tomando como base alguna de las múltiples aperturas conceptuales existentes en su núcleo dialéctico y materialista. Esto es muy bueno y es una demostración de lo excelente del método básico. Pero en determinadas condiciones sociales, esta polivalencia permite también que cualquiera pueda amputar, trocear, elegir a su gusto tal o cual parte y porción del método para, negando directa o indirectamente la coherencia lógica del sistema como totalidad con sus leyes propias, derivar hacia tesis que tienen que ver poco o nada con el marxismo. No hace falta recortar que la primera situación así ya se produjo en vida de Marx y Engels, lo que le llevó al primero a decir que, visto lo visto, no era "marxista".
Posterior y reiteradamente, se han sucedido algo parecido a oleadas de interpretaciones de esta índole que pretendían "mejorar", "ampliar", "adaptar" y hasta "explorar" el contenido del marxismo en determinados problemas. Significativamente, una característica común a todos los esfuerzos realizados desde el centro reformista ha sido la de cuestionar, primero, la crítica económica mediante negar la validez de la ley del valor-trabajo, o de la ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio, o la misma teoría de la plusvalía, etc.; segundo, la teoría marxista del Estado burgués, su papal central y la necesidad de acabar con esa máquina mediante la revolución, y, tercero, la filosofía dialéctico-materialista como componente esencial del método, sustituyéndola por cualquier variante neokantiana, o por nada. Desde luego que hay más "mejoras" pero, por un lado, son de menor importancia y, por otro lado, frecuentemente, se relacionan de un modo u otro con estas críticas básicas.
En determinadas circunstancias, y al amparo de la crisis de legitimidad de la socialdemocracia, del stalinismo y del eurocomunismo, aprovechándose de ese vacío, algunas de estas "mejoras" llegaron a adquirir bastante fuerza, como el estructuralismo en años setenta, por citar una. En todos los casos, los marxistas han reaccionado recuperando creativamente la centralidad sistémica de su método, respondiendo con especial insistencia en los temas más cuestionados en esos momentos. Recordemos, sin volver a Marx y Engels, los esfuerzos de Plejanov, Lenin y Rosa Luxemburgo al respecto. Y como hilo conductor de estos esfuerzos, con más o menos rotundidad, siempre ha aparecido el debate sobre la valía de la dialéctica. Tanto, implícitamente, en los debates sobre economía y sobre el Estado, con todas sus vastas implicaciones en todos los problemas sociales, como explícitamente en los de filosofía y epistemología, en estos debates siempre políticos ha estado presente la cuestión dialéctica. Hoy también, como veremos al analizar la crisis del capitalismo y la nueva oleada de luchas.
Sin ir muy lejos, recordemos el redescubrimiento de Hegel por Marx cuando empezó a dar cuerpo a El Capital, y también los esfuerzos del Engels maduro por explicar la dialéctica entre economía y política, ideología, cultural, etc., en los últimos años de su vida, combatiendo el mecanicismo y la linealidad determinista que habían tergiversado el método de ambos amigos. Recordemos a Lenin estudiando con titánica intensidad a Hegel en un momento especialmente decisivo para el bolchevismo como la guerra de 1914. Recordemos a Lukacs y a Korsch en su esfuerzo por mantener la llama dialéctica en medio de la lucha de clases. Recordemos a Mao estudiando la dialéctica y enseñándola a sus compañeros en un momento tal crucial como 1937. Recordemos a Trotsky, también por esa época, reivindicando la dialéctica en sus debates con los norteamericanos. Recordemos al Che Guevara y sus esfuerzos en la segunda mitad de los ’60 por recuperar la dialéctica marxista del dogmatismo stalinista. Recordemos la defensa de la dialéctica que hicieron marxistas al criticar la moda estructuralista tan implantada en los ‘70, y el esencial contenido dialéctico y materialista de la critica marxista del postmodernismo. Y no se entiende nada del debate sobre la "globalización" si olvidamos la dialéctica y en concreto, ese muy actual y vivo articulito de Lenin Sobre la dialéctica, de 1915.
La obra de Marx y Engels, para concluir esta primera parte, abre tantas expectativas de investigación que, por ello mismo, muchas, todas, pueden volverse contra el marxismo si se las aísla y separa de la totalidad, si se las reduce a modas intelectuales que han roto su conexión interna con la majestuosa coherencia lógica de la critica comunista del capitalismo y si, por tanto, esas modas derivan en simples interpretaciones de la realidad, muy brillantes y con aportaciones validas en algunos casos pero sin el poder revolucionario del marxismo. Tras dos décadas de dominio de esas modas en el mercado cultural burgués, el marxismo vuelve a estar presente cuando la lucha de clases, nunca totalmente desaparecida, vuelve con más fuerza. . Ahora bien, antes de pasar a analizar sus aportaciones en estos momentos, debemos detenernos un instante en la prueba del fuego de las experiencias socialistas del siglo XX.